Yacimiento arqueológico "La Alcazaba" y "Torre Albarrana" - Talavera de la Reina (Toledo)

sábado, 3 de enero de 2026

Toledo en Blanco y Negro (Fotografías con mucha vida)

Toledo en Blanco y Negro (Fotografías con mucha vida)
 
Sí nuestros abuelos pudieran ver... que sus fotografías en blanco y negro recobran vida...
 
Nuestro pequeño homenaje a esas fotografías que se han guardado durante muchos años (algunas rondan entre 50 y 100 años...), guardadas en viejos álbumes, en arcones, en marcos de la pared o muebles...
 
Gracias de corazón a todas esas personas que nos hacen ver y sentir... ese Toledo Antiguo y su Provincia...
 
MUCHAS GRACIAS A:
 
* Manuela García de la Torre Rubio
* Remedios Hernández Campaya
* Cxnchx Rxinrx
* Paloma del Álamo Braojos
* Jaroas Javier Rojas Asensio
* Rafael Escobar Contreras
* Raúl del Álamo Braojos
* Jonatan Manzaneque
* J. Peña Delgado
* Eduardo Sánchez Butragueño
* Miembro anónimo
* Rodríguez

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* Gerindote, historia y costumbres  *Ender Tenis
 

 
Toledo aprendió a mirarse a sí mismo cuando el color aún no se atrevía a existir.
En aquellas fotografías antiguas, la ciudad no era un lugar: era un suspiro detenido.
Las piedras del Alcázar se volvían ceniza clara, y el Tajo, serpiente de plata cansada, rodeaba la ciudad como quien abraza un recuerdo para que no escape. 
 
Las calles estrechas —sombras largas, silencios hondos— parecían hechas para que el tiempo caminara despacio, con pasos de fotógrafo antiguo, cargando una cámara como quien porta un relicario.
 



 
El blanco y negro no robaba vida a Toledo: se la revelaba. En la ausencia de color aparecía la verdad. Las fachadas mostraban sus cicatrices, las rejas sus encajes de hierro, y los balcones vacíos parecían esperar a alguien que se fue hace mucho, pero que quizá aún regrese. 
 
Cada contraste era una emoción: la luz sobre la piedra, el negro profundo de un portal, la neblina temprana elevándose como una oración.
 
En aquellas imágenes, Toledo nunca posa; simplemente es. Los campanarios no anuncian la hora, sino la memoria. Las plazas, casi siempre desiertas, conservan el eco de pasos invisibles. 
 
Alguna figura borrosa —un hombre con sombrero, una mujer de luto, un niño detenido en mitad del gesto— atraviesa la escena como un latido fugaz, recordándonos que la vida siempre ocurre aunque nadie la mire.
 



 
Las fotografías se hacían despacio, como se hacen las cosas importantes. Había que esperar la luz justa, el instante correcto, el silencio adecuado. 
 
Y quizá por eso Toledo se dejaba fotografiar: porque entendía la paciencia. Porque sabía que la belleza no grita, susurra.
 
Hoy, al mirarlas, sentimos que esas imágenes no pertenecen al pasado. Son ventanas. Nos asomamos y Toledo sigue allí, intacto, envuelto en una melancolía dulce, eterna. Blanco y negro como los recuerdos más queridos. 
 
Romántico como lo que no necesita explicación. Bello como aquello que el tiempo, por más que lo intente, nunca consigue borrar.
 

















  


 
VÍDEOS
 
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VÍDEO FINAL
 

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Otros Enlaces
 
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