Yacimiento arqueológico "La Alcazaba" y "Torre Albarrana" - Talavera de la Reina (Toledo)

miércoles, 3 de junio de 2026

II ENCUENTRO ECUESTRE - El Real de San Vicente (Toledo)

II ENCUENTRO ECUESTRE - El Real de San Vicente (Toledo)
 
 
Un encuentro ecuestre es una reunión o evento en el que participan caballos, jinetes, amazonas y aficionados al mundo del caballo. 
 
Puede incluir actividades como exhibiciones de doma, concursos de salto, rutas a caballo, espectáculos, ferias, concursos morfológicos o demostraciones de distintas disciplinas ecuestres. Su finalidad suele ser deportiva, cultural, recreativa o de promoción de la tradición ecuestre. 
 
Carteles alternativos
 



 
Una anécdota curiosa
 
En el III Encuentro Ecuestre de las Fiestas de la Vendimia de Jerez, celebrado en 2010, participaron alrededor de 200 caballos procedentes de distintas cuadras y centros hípicos. 
 
Lo más llamativo fue que varios participantes prepararon coreografías y números especiales exclusivamente para el encuentro, convirtiendo una simple exhibición en un espectáculo muy creativo donde cada jinete intentaba sorprender al público mostrando las mejores habilidades de su caballo. 
 

 
Fotografías
 
 
Otra anécdota frecuente en este tipo de eventos
 
Aunque no ocurrió en un encuentro concreto citado aquí, los organizadores de eventos ecuestres suelen contar que uno de los momentos más imprevisibles es cuando un caballo decide ignorar el recorrido previsto y dirigirse hacia el público, la zona de comida o incluso buscar a otros caballos. 
 
Estos episodios suelen resolverse rápidamente gracias a la experiencia de los jinetes, pero provocan situaciones divertidas y aplausos entre los asistentes.
 
En España existen encuentros ecuestres muy conocidos, como el SICAB, considerado uno de los mayores eventos del mundo dedicados al caballo de Pura Raza Española, con cientos de ejemplares y exhibiciones diarias. 
 
 
Mujer y caballo
 

 
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domingo, 31 de mayo de 2026

Huérfanos del Tajo (Las almas errantes de los niños)

Huérfanos del Tajo (Las almas errantes de los niños)
 
 
Se ha podido verificar que en el siglo XIX existían numerosas barcas de paso en el Tajo (en Toledo, Talavera de la Reina, Malpica, El Carpio, Añover, y otros lugares) y que las crecidas del río provocaban frecuentes accidentes e inundaciones, sucesos que aparecían en la prensa de la época:
 
Desgracia en el Tajo».
«Niños ahogados».
«Víctimas de la crecida».
«Perecieron en las aguas del río».
«Barca de pasaje».
«Triste suceso».
 
 
Los accidentes de barcas y las riadas del Tajo eran relativamente frecuentes en los siglos XVIII y XIX debido a la existencia de pasos de barca antes de la construcción de algunos puentes modernos.
 
 
Casi nadie por entonces sabía nadar.
Muchos murieron, sobre todo los niños, que eran arrastrados por la corriente.
 
Las mayores riadas del Tajo en la segunda mitad del siglo XIX fueron las de 1856, 1876, 1885, 1895 y 1899, y la de 1876 fue considerada una de las más devastadoras de la época.
 
 
Me llamaba Tomás y tenía apenas cinco años cuando el Tajo nos reclamó para siempre.
Era el 1 de junio de 1876. 
 
Aquel atardecer... el río bajaba crecido por las lluvias de días atrás, pero nadie imaginaba lo que estaba a punto de ocurrir. 
 
 
Mi padre debía cruzar en la barca y llevó consigo a mis dos hermanos y a mí. No era extraño. 
 
Antes de que existieran algunos puentes, las barcas eran el único modo de pasar de una orilla a otra.
 
Recuerdo el ruido del agua. Recuerdo el viento. Y recuerdo el miedo.
 
 
La corriente golpeó la embarcación con una fuerza terrible. La barca se inclinó de repente y, en un instante, todos caímos al río. 
 
Mi padre luchó desesperadamente contra el agua y logró alcanzar la orilla. Nosotros no tuvimos esa suerte.
 
Nadie sabía nadar entonces.
Sentí cómo la corriente me arrastraba entre remolinos oscuros. Escuché los gritos de mis hermanos una última vez. Después, solo hubo silencio.
 
Nos buscaron durante días. Luego durante semanas. Pero el Tajo guardó nuestro secreto. Jamás encontraron nuestros cuerpos.
 
Han pasado muchos años. Tantos que ya nadie recuerda nuestros rostros. Sin embargo, cada 1 de junio, cuando la noche cae y la luna se refleja sobre las aguas, mis hermanos y yo emergemos del río.
 
 
Caminamos despacio, sin hacer ruido, hasta la casa donde vivieron nuestros padres. Nos detenemos junto a las ventanas y contemplamos a la familia que continuó sin nosotros. 
 
Vemos a nuestros hermanos ya ancianos, a sus hijos y a los hijos de sus hijos. Escuchamos risas, conversaciones y recuerdos.
Nadie nos ve.
 
A veces creemos sentir que nuestra madre aún nos busca entre las sombras del patio, como si su corazón nunca hubiera aceptado nuestra ausencia.
 
 
Cuando llega la media noche... regresamos en silencio. Atravesamos los caminos dormidos y volvemos a la ribera. 
 
Allí nos espera el río, oscuro y tranquilo, igual que aquel oscuro atardecer lejano.
 
Entonces nos adentramos de nuevo en sus aguas.
Y el Tajo vuelve a cerrarse sobre nosotros hasta el próximo 1 de junio.
 
 
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Orgullo es... realizar tus sueños pese a las adversidades...
 
El hombre no muere cuando deja de existir, muere cuando deja de soñar...
  
 
David Miguel Rubio
Promotor Turístico en Castilla - La Mancha
Acreditación Oficial Informador Turístico
 (N° Reg. EXP/ITL/RDM-0019)
Guía de Montaña


lunes, 25 de mayo de 2026

Bajo la Cruz Roja en Jerusalén (Sangre y ceniza en Tierra Santa) - Año del Señor 1.099

Bajo la Cruz Roja en Jerusalén (Sangre y ceniza en Tierra Santa) - Año del Señor 1.099
 
 
El sol caía sobre las murallas de Jerusalén como un hierro al rojo vivo. El aire olía a polvo, sangre y aceite quemado. 
 
Desde las torres llegaban gritos en árabe, campanas cristianas lejanas ... y el estruendo de las máquinas de asedio golpeando la piedra santa.
 
 
Guillaume de Poitiers apretó la empuñadura de su espada mientras observaba la ciudad desde el campamento cruzado. 
 
Sobre su meseta de arena... destacaba la cruz roja de la Orden del Temple, todavía nueva en aquellos años de fervor y guerra. 
 
A su lado, ajustándose la cota de malla bajo un velo oscuro, estaba su esposa: Isabelle de Anjou.
 
Nadie fuera del círculo más íntimo conocía la verdad. Oficialmente, Isabelle viajaba como dama piadosa al servicio de los hospitales de peregrinos. Pero había cabalgado junto a Guillaume desde Antioquía, había sobrevivido al hambre en el desierto y sabía manejar una espada tan bien como muchos caballeros.
 
 
La noche anterior al asalto, ambos permanecieron sentados junto a una pequeña hoguera consumida por el viento seco de Judea.
 
—Mañana entraremos en Jerusalén —
 
dijo Guillaume en voz baja—. Toda Europa ha soñado con este día.
Isabelle miró hacia la ciudad iluminada por antorchas.
 
—¿Y qué encontraremos cuando entremos? ¿Gloria… o condenación?
 
Guillaume tardó en responder.
Habían oído historias terribles durante la marcha: aldeas arrasadas, prisioneros degollados, venganzas santificadas por sacerdotes que hablaban de voluntad divina. Jerusalén era el objetivo sagrado… pero también el lugar donde los hombres mostraban lo mejor y lo peor de sí mismos.
 
El amanecer llegó con el sonido de trompetas.
 
Las torres de asedio avanzaron entre una lluvia de flechas. Los cruzados gritaban “¡Deus vult!” mientras empujaban escalas contra las murallas. Guillaume encabezó a un grupo templario hacia la brecha abierta cerca de la Puerta de San Esteban.
Isabelle iba detrás.
 

 
El combate dentro de la torre era un infierno de humo y acero. Un arquero sarraceno disparó desde la muralla; la flecha impactó en el hombro de Guillaume y lo lanzó contra la madera.
 
—¡Guillaume! —gritó Isabelle.
 
Sin pensarlo, ella se quitó el manto que ocultaba su armadura y avanzó espada en mano. Durante un instante, algunos cruzados la miraron con sorpresa, pero la batalla no dejaba espacio para preguntas.
 
Paró un golpe. Derribó a un soldado enemigo. Ayudó a Guillaume a levantarse mientras las puertas interiores cedían finalmente bajo el empuje cruzado.
 
Entonces Jerusalén quedó abierta.
Las calles se llenaron de caos.
Había hombres llorando de rodillas frente al Santo Sepulcro y otros saqueando casas a pocas calles de allí. El fervor religioso convivía con la brutalidad. Guillaume e Isabelle avanzaron entre cadáveres, peregrinos aterrados y guerreros ebrios de victoria.
 
Cuando alcanzaron la explanada cercana al Templo de Salomón, ambos se detuvieron.
El viento agitaba los estandartes con la cruz roja.
Guillaume cayó de rodillas.
 
—Hemos llegado… después de tantos muertos…
 
 
Pero Isabelle no miraba los estandartes. Miraba a una niña escondida entre unas columnas derruidas, abrazando a su hermano pequeño mientras temblaban de miedo.
Durante un largo instante, el ruido de la conquista pareció apagarse.
Entonces Isabelle soltó lentamente la espada.
—Si esta ciudad es verdaderamente santa —susurró—, que Dios nos juzgue por lo que hagamos ahora… no por cómo entramos en ella.
Guillaume levantó la mirada hacia ella. Y comprendió que la verdadera prueba no había sido conquistar Jerusalén.
Era conservar el alma después de hacerlo.
 
Aquel día, mientras muchos celebraban la victoria, un templario y su esposa eligieron escoltar a civiles fuera de la matanza y proteger un pequeño refugio junto al mercado oriental. Nadie escribiría canciones sobre aquello. Ningún cronista lo recogería en pergaminos.
 
Pero quizá, en medio de una guerra hecha en nombre de Dios, ese gesto había sido lo más cercano a lo sagrado.




miércoles, 13 de mayo de 2026

El Cid Campeador Cabalga de nuevo por la Ciudad de las Tres Culturas

El Cid Campeador Cabalga de nuevo por la Ciudad de las Tres Culturas
 
 
“En estas tierras, la historia cabalga de nuevo.”
 
“El alma de Toledo sigue intacta a través de los siglos.”
 
“¡Por Santiago…! ¿Dónde están las murallas?”
 
“Toledo sigue en pie… mas vuela sobre ruedas.”
 
“Jamás vi tantos cristales y tan pocos caballos.”
 
“¿Qué hechicería es esa caja que todos miran?”
 
“Ni en Valencia vi mercado tan grande.”
 
“Decís ‘wifi’… ¿es algún nuevo reino moro?”
 
“¡Las espadas han sido vencidas por los móviles!”
 
“Toledo aún guarda honra entre sus piedras.”
 
“¿Qué río es éste tan callado? El Tajo parece triste.”
 
“En mis días había armaduras; hoy todos visten de negro.”
 
 
“¡Buen Dios! ¡Las puertas se abren solas!”
 
“¿Y decís que podéis hablar con alguien en Zaragoza… al instante?”
 
“Nunca cabalgué tan rápido como ese artefacto rojo.”
 
“Las tabernas son menos ruidosas… pero más caras.”
 
“Toledo conserva alma, aunque cambie de rostro.”
 
“Más luces tiene esta ciudad que estrellas vi en campaña.”
 
“¿Dónde guardáis ahora el honor: en la espada o en la palabra?”
 
“Aún huele Toledo a historia y acero.”
 
“Si Alfonso viera esto… pediría explicaciones.”
 
“Ni los juglares podrían contar maravillas semejantes.”
 
 
Rodrigo Díaz de Vivar
 
Rodrigo Díaz de Vivar, conocido como El Cid, fue un caballero y líder militar castellano del siglo XI, nacido cerca de Burgos hacia el año 1048. 
 
Sirvió al rey Alfonso VI y destacó por su habilidad en la guerra durante la Reconquista.
 
Su apodo proviene del árabe “Sidi” (“señor”) y del término castellano “Campeador” (“gran guerrero”). 
 
Tras ser desterrado, luchó tanto para reyes cristianos como musulmanes, reuniendo su propio ejército y ganando fama por sus victorias.
 
Su mayor logro fue la conquista de Valencia en 1094, ciudad que gobernó hasta su muerte en 1099.
 
Con el tiempo, El Cid se convirtió en un héroe legendario de España gracias al poema medieval Cantar de mio Cid, donde aparece como símbolo de honor, valentía y lealtad.
 
 
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POLVO, SUDOR Y HIERRO
EL CID CABALGA
 
La Reconquista
 
Entre armaduras, espadas y escudos...
 
El Tajo
 
El Alma de Toledo
 
El Terror de los Musulmanes
 
Más luces tiene Toledo...
 
Historia y acero
 

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RECOPILACIÓN
EL CID CAMPEADOR
 
 
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Orgullo es... realizar tus sueños pese a las adversidades...
 
El hombre no muere cuando deja de existir, muere cuando deja de soñar...
 
 
David Miguel Rubio
Promotor Turístico en Castilla - La Mancha
Acreditación Oficial Informador Turístico
 (N° Reg. EXP/ITL/RDM-0019)
Guía de Montaña