Yacimiento arqueológico "La Alcazaba" y "Torre Albarrana" - Talavera de la Reina (Toledo)

martes, 6 de enero de 2026

Recorriendo la Sierra de San Vicente (Toledo) - Y dejé mi alma allí...

Recorriendo la Sierra de San Vicente (Toledo) - Y dejé mi alma allí...
 


 
Recorriendo la Sierra de San Vicente (Toledo) – Y dejé mi alma allí…
 
Recorriendo la Sierra de San Vicente (Toledo) – y dejé mi alma allí…
porque hubo un instante en que el cuerpo ya no pesaba y el alma, toledana de raíz, se desprendió del suelo para alzar el vuelo.
Volé.
 
Volé como vuelan los recuerdos antiguos, sin prisa y con respeto, sobre crestas de cuarcita y pinares que guardan silencios de siglos. Desde lo alto, la sierra se abría como un libro escrito en verde y piedra, salpicado de pueblos blancos que parecían rezar al sol de la tarde.
 


 
Pasé sobre Hinojosa, sobre Navamorcuende y Marrupe, donde el tiempo se toma su tiempo y las campanas no llaman, susurran. Vi caminos de polvo que conocen más promesas que pasos, y muros de piedra seca que han visto marchar generaciones sin olvidar ningún nombre.
 
El alma, ligera, se detuvo en el aire sobre el Pico de San Vicente. Allí el viento hablaba en voz vieja, contando historias de pastores, de romerías, de inviernos duros y veranos eternos. El horizonte se abría hasta perderse, y Castilla no era solo tierra: era latido.
 



 
Más abajo, los castaños y robles extendían sus brazos como si quisieran retenerme. Los arroyos, finos hilos de plata, cosían el paisaje con paciencia infinita. Y entendí que esta sierra no se recorre: se escucha. No se mira: se siente.
 
Al caer la tarde, cuando el cielo se tiñó de cobre y violeta, supe que algo se quedaba allí para siempre. No fue una despedida triste, sino un pacto silencioso. Mi alma, ya parte del paisaje, decidió anclarse entre esas lomas, en ese aire limpio que huele a tomillo y memoria.
 



 
Yo regresé.
Pero cada vez que cierro los ojos, vuelvo a volar.
 
Porque quien recorre la Sierra de San Vicente no se va del todo.
Siempre deja el alma allí… y la sierra, generosa, la guarda.
 









 
Cielo azul, nubes bajas, y el Cerro de la Cabeza del Oso (Toledo). Un mar de nubes…
 
Cielo azul, nubes bajas,
y el Cerro de la Cabeza del Oso.
Un mar de nubes…
y yo, pequeño, asomado al borde del silencio.
 
Las montañas navegan despacio,
islas antiguas flotando en algodón y misterio,
mientras el mundo de abajo se oculta
como un secreto que prefiere no ser contado.
 

 
El aire es limpio, casi sagrado,
y el tiempo se detiene a contemplar.
Las ramas desnudas escriben en el cielo
oraciones que solo el viento sabe leer.
 
Aquí arriba todo es calma,
todo es pausa,
todo es verdad sin ruido.
La sierra respira, y al hacerlo, me enseña.
 
Porque cuando la tierra toca el cielo
y las nubes aceptan rendirse a la luz,
el alma entiende su lugar:
quedarse un instante…
y recordar para siempre.
 
 
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