Tempus Fugit (El paso del tiempo) - El Real de San Vicente (Toledo)
TEMPUS FUGIT
Había una vez un niño que corría descalzo junto a una fuente.
El agua caía sin descanso, mientras él jugaba, reía y soñaba que la vida sería eterna.
Después llegó la adolescencia.
Ya no corría igual, pero seguía regresando a aquel lugar. Se sentaba junto al agua y miraba el mundo con la impaciencia de quien tiene todo el tiempo por delante.
Los años pasaron.
Llegó la madurez, las responsabilidades, los caminos recorridos, los sueños cumplidos y otros que quedaron atrás. La fuente seguía allí, indiferente al paso de las estaciones.
Hasta que un día, ya viejo, encontró entre sus manos un antiguo reloj.
Lo contempló en silencio.
Las agujas continuaban avanzando.
Entonces comprendió que aquel reloj no medía solamente las horas. Medía su propia vida.
En cada vuelta de las agujas estaba aquel niño.
Aquel adolescente.
Aquel hombre que un día creyó tener todo el tiempo del mundo.
Sintió la necesidad de volver a la fuente.
Cuando llegó, el agua seguía brotando entre las piedras, exactamente como tantos años atrás.
Se acercó y contempló su reflejo.
Por un instante vio al niño que había sido.
Sonrió.
Y comprendió que la fuente nunca había detenido su curso, igual que el tiempo.
Tempus fugit.
El tiempo huye…
pero deja sus recuerdos en aquellos lugares que, silenciosamente, nos han visto crecer.
Y mientras el viejo reloj seguía marcando las horas, el agua de la fuente continuó cayendo.
Como si quisiera decirle:
«No puedes detener el tiempo, pero todavía puedes vivir el instante que tienes delante.»












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